
Ante la lectura de J. M. Mardones, en su texto Las nuevas formas de la religión, me topé con un par de líneas que vale la pena rescatar en el no tan reciente contexto de la beatificación de Juan Pablo II.
Este reconocimiento o engrandecimiento de la persona y rol del papado ha venido a sumarse a la tradicional mitificación papal entre los católicos. Se ha hablado de una revitalización religiosa tras cada una de estas visitas. La persona y visita del papa funcionaría como el despertador de lo sagrado católico adormecido o poco manifestado.
Pero esta dimensión "espectacular" que ha adquirido la figura del papa, especialmente con Juan Pablo II, no está exenta de ambigüedades. Si, por una parte, la dimensión tradicional popular de la religiosidad católica se ha visto reforzada con sus apariciones cercanas y multitudinarias, que lo convierten en icono de lo sagrado para la devoción de grandes mayorías: el papa, la figura carismática de Juan Pablo II, ejerce la función de asegurar un sentido sagrado de la vida según la cosmovisión católica: por otra parte, la espectacularización de las visitas del papa, el tratamiento televisivo como gran hombre o "estrella" lo introduce dentro del "Star-system" y devalúa su mensaje. Este no es oído. En el límite, vale la presencia, el que se dirige a nosotros, y nosotros estamos cerca, asistimos y nos sumergimos en el espectáculo de lo sagrado. Pero el contenido de lo que dice, el mensaje, es devorado por el ambiente, la circunstancia, la vivencia de la presencia escenificada. Se entiende así la diferencia que parece existir entre la masiva aceptación de su figura donadora y reaseguradora del sentido e identidad de lo sagrado católico y la diferente aceptación de su mensaje moral, de ética social o sexual. (p. 64)
El texto, escrito en los años noventa, fue testigo de la popularidad del Papa JPII, la cual, en consecuencia, lo llevaría a ser beatificado. Si la beatificación fue o no adecuada lo considero motivo de una discusión aparte. De hecho, ésta va íntimamente ligada a la devoción y el fervor popular que Juan Pablo desató entre sus fieles; en otras palabras, si el pueblo lo pide, es casi seguro que se hace. Lo que se quiere destacar aquí es como una figura que se había mantenido distante e investida de un halo de grandeza y sacralidad, que simboliza al grupo y el grupo existe por él (afín a los juegos teóricos de Bourdieu, quien lo denomina el ministerium aparece como mysterium), se convierte de pronto en un fenómeno multitudinario. Que se dé ese paso podría argumentarse como parte de una estrategia pastoral. Sin embargo, el problema de las exageradas explosiones de devoción popular y de carisma es que olvidan lo profundo del mensaje.
Como señala Mardones, hay una dicotomía entre lo que el Su Santidad presenta, digamos, "en la tele", y los mensajes en que se basa su pontificado. Esto último suele ser desconocido para muchos de los creyentes, mientras que las escenas nostálgicas y llenas de fervor son parte ya de su imaginario asociado al pontífice. La imagen reconforta y consuela ante lo que pudiesen ser doctrinas mucho más conservadoras. El ejemplo más claro, y que se volvió uno de los puntos más álgidos sobre la beatificación, fue el encubrimiento (o pasividad y cobardía) de los casos de pederastia del sacerdote Maciel. El contraste entre este problema y la figura del Papa "siempre fiel" y carismático, pone aún más fuerza en el debate que señala Mardones, en el que, como fuimos testigos, el pueblo ganó.
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