Este espacio busca (entre muchas otras cosas) propiciar la reflexión y la difusión Cultural/cultural. Más allá de plasmar pensamientos de manera unilateral, de ser un mero altavoz para el autor, este blog plantea la necesidad de una crítica bilateral, de inter-acción; un diálogo en el que siempre hay algo más que decir.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Cultura es, entre otras cosas...

Lo que todos los que leen dicen que tienen.

La excusa perfecta para ver una obra de teatro que jamás entenderé.

Lo que el gobierno entiende por festivales.

Lo que el pueblo entiende por ferias.

Lo que tu mamá entiende cuando te mete a clases de pintura.

Lo que me falta cuando estoy tomado.

Un café y un libro (el primero, mínimo americano, los frappés no son cultos).

Cultura general (alguien explíqueme esa). Casi como darle la categoría de “inútil pero apantallante” a la cultura.

Saber un par de fechas para apantallar a tus amigos mientras juegas dominó.

Una sección en periódicos y revistas (eso si logran deslindarse de la de “Espectáculos”).

Ver al naco como “interesante” y al fresa como “dominante”.

Usar comas y acentos.

Usar palabras esdrújulas.

“Nicks” y “status” impactantes en las redes sociales. Cosas como “En este beso, sólo tú y yo” (¡menos mal!)

Imagen tomada de: http://www.buzzmarketingwithblogs.com/images/uploads/blogging_for_dummies.jpg

sábado, 20 de noviembre de 2010

Un centenario digno de ¿festejo, conmemoración o celebración?

Resulta alarmante la poca importancia que se le confirió al Aniversario de la Revolución en los medios de comunicación y las redes sociales. Pareciera como si todos los festejos se hubiesen volcado en la celebración del Bicentenario de la Independencia. Más allá del tradicional desfile militar y los fuegos pirotécnicos, destaca el desinterés colectivo hacia la Revolución; como si el movimiento de Independencia, el cual nos dio Patria y nos liberó del yugo español, fuese el único digno de conmemorarse.

Si bien no se puede dudar la importancia de la guerra de Independencia y sus consecuencias, la Revolución es el movimiento clave para entender a la nación mexicana. Casi podría decirse que el siglo XX mexicano inició en el año de 1910, con la llamada revolución maderista (claro está, teniendo en cuenta sus antecedentes, como es el caso del floresmagonismo). Cultura, política, economía y sociedad del México del siglo XX ―y de buena parte de lo que somos ahora―, no pueden entenderse sin reparar en los significados, conflictos y productos que generó dicho conflicto armado.

Por poner un ejemplo, si se quiere un tanto vago, pensemos en la cultura nacionalista emanada de la Revolución y cómo ésta influyó en la formación del estereotipo del mexicano típico, del macho que no se dobla, conquistador, valiente, sombrerudo, pistoludo y bravucón. El discurso nacionalista, que reivindica al campesino, al indígena, al “de a pie” es auspiciado por la Revolución, prueba de ello los diversos ejemplos que tenemos en los murales de Rivera o en la llamada “época de oro del cine mexicano”. No se trata de defender dicho estereotipo; lo único que quiere enfatizarse es la importancia de la Revolución en el proceso de conformación cultural e ideológica del mexicano.

De ahí que las críticas sobre “¿qué hay que festejar estando México como está?” me parezcan un tanto fuera de lugar. Hay que darle su justo lugar y dimensión a las cosas; abusando del espíritu popular, diríamos “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Primero que nada, prefiero usar la palabra conmemorar en lugar de festejar. Ésta última hace alusión a una celebración inconsciente, en la que no se repara en significados, motivos ni procesos, y en la que realmente desearíamos un país en el que hubiera espacio y motivos para la fiesta. Tristemente, ese no es el caso. En cambio, traer a la memoria el movimiento armado y sus consecuencias nos permite cuestionarnos sobre las mismas, discutir y reflexionar sobre lo que fue nuestro país el pasado siglo y sobre los problemas en los que está inmerso hoy en día. De esta manera, la Revolución, para bien o para mal, no pierde su lugar.

Imagen tomada de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEihrCcUWHq0BVp7lUI6xqa_RPpe28CpFgO2zf5qojafdgCxCNUR4iuC_jUSgAvSvMbcOJ04h_4MeEtG73WLC1YEQZPbGr64IhKGu-Yx5_MPHjHAcqpSZz6nMlZWFQAb0QbihosJjRiPGcM/s400/diego-rivera-pareja-indigena.jpg

Pancho Villa, entre el bandolero y el justiciero


Muchos son los mitos que se construyen en torno a los héroes de nuestra Historia, esa Historia de Bronce. Con una división casi maniquea, los personajes de nuestro pasado se enfrentan en el campo de batalla de nuestro imaginario colectivo, y son proclamados ganadores de luchas de identidad y pasión. Uno de los hombres que más mitos crea alrededor de su persona es el llamado Centauro del Norte, Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa.

De Pancho Villa se ha escrito mucho y se ha dicho aún más: que si era un bandolero, que si tenía dos viejas a cada orilla, que si tiraba balazos a la menor provocación, que si la muerte le pelaba los dientes, y un largo etcétera. Una cosa si habría que destacar de Villa, y es que en su figura se construye cabalmente el estereotipo del “macho mexicano”, por lo menos en lo que se refiere a la relación entre el hombre y su destino: al macho la muerte no le asusta mientras tenga a su lado su vieja, su caballo y su carabina. Quién iba a imaginarse que el poderoso guerrero que llegó a comandar el brazo armado de la Revolución, su famosa “División del Norte” ―sin la cual el constitucionalismo difícilmente hubiese triunfado―, imploró piedad y el perdón de Madero al ser puesto frente al pelotón de fusilamiento en 1912 bajo las órdenes de Victoriano Huerta.

Esto último nos demuestra una dualidad villista y, por extensión quizás, la dualidad del macho mexicano (de nuevo, en lo que a la altanería y la rudeza se refieren). Pancho Villa no sólo es un forajido bravucón: en él coexisten un militar brillante y despiadado, y un noble justiciero social. Según Krauze, ésta imagen se materializa a la perfección en sus dos hombres de confianza: Felipe Ángeles, brazo intelectual e ideológico de Villa, y Rodolfo Fierro, apodado “El Carnicero”, verdugo de la División del Norte. En el Centauro del Norte confluyen los anhelos de un hombre que repartía tierras a los pobres, creaba escuelas y apadrinaba niños (se sabe que Villa, además de los hijos que tenía con varias mujeres, gustaba de mantener huérfanos) con los del bandolero autor de diversos homicidios, incendios, secuestros y saqueos.

Una figura tan carismática como la de Villa difícilmente escapa a la creación de mitos. Pensemos por un momento, ¿quién no se encariñaría con un personaje que roba a los ricos para darle todo a los pobres y que además pareciera ser inmortal sobre su caballo? El mito de Villa es efectivo precisamente porque representa el hartazgo de un pueblo, condensado en un hombre “aventado”. Este arrojo lo diferencia del desconfiado y misterioso Zapata (prueba de ello son las cintas de la Mutual Films sobre las campañas de Villa). Además, a la construcción de su mito habría que agregar su ataque al poblado de Columbus, Nuevo México, y la infructuosa Expedición Punitiva que el gobierno estadunidense emprendió para capturarlo. Y por si fuera poco, en 1926 su tumba sería profanada y su cráneo robado. En definitiva un hombre como Villa no podría tener un final común y corriente; eso no está destinado a los héroes.

Imagen tomada de: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiOO0VJ7LKW85JkZtouVX9KSE0aSnvHCecTbkieDSqgBV0ThoK1HIBiBcXaQ27ppa4rSkOxtGskHm-daFIdut2gK26mxdfiEw3hgnFtXGHMC13zIu6_IgsZMu_9gFeRUCQZzTqMUpbKzC0/s400/pancho_villa_horseback.jpg

Sobre la vida de Pancho Villa: http://tvolucion.esmas.com/bicentenario/clio-bicentenario/072227/clio-bicentenario-francisco-villa