
Resulta alarmante la poca importancia que se le confirió al Aniversario de la Revolución en los medios de comunicación y las redes sociales. Pareciera como si todos los festejos se hubiesen volcado en la celebración del Bicentenario de la Independencia. Más allá del tradicional desfile militar y los fuegos pirotécnicos, destaca el desinterés colectivo hacia la Revolución; como si el movimiento de Independencia, el cual nos dio Patria y nos liberó del yugo español, fuese el único digno de conmemorarse.
Si bien no se puede dudar la importancia de la guerra de Independencia y sus consecuencias, la Revolución es el movimiento clave para entender a la nación mexicana. Casi podría decirse que el siglo XX mexicano inició en el año de 1910, con la llamada revolución maderista (claro está, teniendo en cuenta sus antecedentes, como es el caso del floresmagonismo). Cultura, política, economía y sociedad del México del siglo XX ―y de buena parte de lo que somos ahora―, no pueden entenderse sin reparar en los significados, conflictos y productos que generó dicho conflicto armado.
Por poner un ejemplo, si se quiere un tanto vago, pensemos en la cultura nacionalista emanada de la Revolución y cómo ésta influyó en la formación del estereotipo del mexicano típico, del macho que no se dobla, conquistador, valiente, sombrerudo, pistoludo y bravucón. El discurso nacionalista, que reivindica al campesino, al indígena, al “de a pie” es auspiciado por la Revolución, prueba de ello los diversos ejemplos que tenemos en los murales de Rivera o en la llamada “época de oro del cine mexicano”. No se trata de defender dicho estereotipo; lo único que quiere enfatizarse es la importancia de la Revolución en el proceso de conformación cultural e ideológica del mexicano.
De ahí que las críticas sobre “¿qué hay que festejar estando México como está?” me parezcan un tanto fuera de lugar. Hay que darle su justo lugar y dimensión a las cosas; abusando del espíritu popular, diríamos “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Primero que nada, prefiero usar la palabra conmemorar en lugar de festejar. Ésta última hace alusión a una celebración inconsciente, en la que no se repara en significados, motivos ni procesos, y en la que realmente desearíamos un país en el que hubiera espacio y motivos para la fiesta. Tristemente, ese no es el caso. En cambio, traer a la memoria el movimiento armado y sus consecuencias nos permite cuestionarnos sobre las mismas, discutir y reflexionar sobre lo que fue nuestro país el pasado siglo y sobre los problemas en los que está inmerso hoy en día. De esta manera, la Revolución, para bien o para mal, no pierde su lugar.
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