miércoles, 15 de diciembre de 2010
La red social, ¿para qué?
lunes, 6 de diciembre de 2010
Los Minondo: de lo privado a lo público

lunes, 29 de noviembre de 2010
Cultura es, entre otras cosas...
Lo que todos los que leen dicen que tienen.
La excusa perfecta para ver una obra de teatro que jamás entenderé.
Lo que el gobierno entiende por festivales.
Lo que el pueblo entiende por ferias.
Lo que tu mamá entiende cuando te mete a clases de pintura.
Lo que me falta cuando estoy tomado.
Un café y un libro (el primero, mínimo americano, los frappés no son cultos).
Cultura general (alguien explíqueme esa). Casi como darle la categoría de “inútil pero apantallante” a la cultura.
Saber un par de fechas para apantallar a tus amigos mientras juegas dominó.
Una sección en periódicos y revistas (eso si logran deslindarse de la de “Espectáculos”).
Ver al naco como “interesante” y al fresa como “dominante”.
Usar comas y acentos.
Usar palabras esdrújulas.
“Nicks” y “status” impactantes en las redes sociales. Cosas como “En este beso, sólo tú y yo” (¡menos mal!)
Imagen tomada de: http://www.buzzmarketingwithblogs.com/images/uploads/blogging_for_dummies.jpg
sábado, 20 de noviembre de 2010
Un centenario digno de ¿festejo, conmemoración o celebración?

Resulta alarmante la poca importancia que se le confirió al Aniversario de la Revolución en los medios de comunicación y las redes sociales. Pareciera como si todos los festejos se hubiesen volcado en la celebración del Bicentenario de la Independencia. Más allá del tradicional desfile militar y los fuegos pirotécnicos, destaca el desinterés colectivo hacia la Revolución; como si el movimiento de Independencia, el cual nos dio Patria y nos liberó del yugo español, fuese el único digno de conmemorarse.
Si bien no se puede dudar la importancia de la guerra de Independencia y sus consecuencias, la Revolución es el movimiento clave para entender a la nación mexicana. Casi podría decirse que el siglo XX mexicano inició en el año de 1910, con la llamada revolución maderista (claro está, teniendo en cuenta sus antecedentes, como es el caso del floresmagonismo). Cultura, política, economía y sociedad del México del siglo XX ―y de buena parte de lo que somos ahora―, no pueden entenderse sin reparar en los significados, conflictos y productos que generó dicho conflicto armado.
Por poner un ejemplo, si se quiere un tanto vago, pensemos en la cultura nacionalista emanada de la Revolución y cómo ésta influyó en la formación del estereotipo del mexicano típico, del macho que no se dobla, conquistador, valiente, sombrerudo, pistoludo y bravucón. El discurso nacionalista, que reivindica al campesino, al indígena, al “de a pie” es auspiciado por la Revolución, prueba de ello los diversos ejemplos que tenemos en los murales de Rivera o en la llamada “época de oro del cine mexicano”. No se trata de defender dicho estereotipo; lo único que quiere enfatizarse es la importancia de la Revolución en el proceso de conformación cultural e ideológica del mexicano.
De ahí que las críticas sobre “¿qué hay que festejar estando México como está?” me parezcan un tanto fuera de lugar. Hay que darle su justo lugar y dimensión a las cosas; abusando del espíritu popular, diríamos “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. Primero que nada, prefiero usar la palabra conmemorar en lugar de festejar. Ésta última hace alusión a una celebración inconsciente, en la que no se repara en significados, motivos ni procesos, y en la que realmente desearíamos un país en el que hubiera espacio y motivos para la fiesta. Tristemente, ese no es el caso. En cambio, traer a la memoria el movimiento armado y sus consecuencias nos permite cuestionarnos sobre las mismas, discutir y reflexionar sobre lo que fue nuestro país el pasado siglo y sobre los problemas en los que está inmerso hoy en día. De esta manera, la Revolución, para bien o para mal, no pierde su lugar.
Pancho Villa, entre el bandolero y el justiciero

Muchos son los mitos que se construyen en torno a los héroes de nuestra Historia, esa Historia de Bronce. Con una división casi maniquea, los personajes de nuestro pasado se enfrentan en el campo de batalla de nuestro imaginario colectivo, y son proclamados ganadores de luchas de identidad y pasión. Uno de los hombres que más mitos crea alrededor de su persona es el llamado Centauro del Norte, Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa.
De Pancho Villa se ha escrito mucho y se ha dicho aún más: que si era un bandolero, que si tenía dos viejas a cada orilla, que si tiraba balazos a la menor provocación, que si la muerte le pelaba los dientes, y un largo etcétera. Una cosa si habría que destacar de Villa, y es que en su figura se construye cabalmente el estereotipo del “macho mexicano”, por lo menos en lo que se refiere a la relación entre el hombre y su destino: al macho la muerte no le asusta mientras tenga a su lado su vieja, su caballo y su carabina. Quién iba a imaginarse que el poderoso guerrero que llegó a comandar el brazo armado de la Revolución, su famosa “División del Norte” ―sin la cual el constitucionalismo difícilmente hubiese triunfado―, imploró piedad y el perdón de Madero al ser puesto frente al pelotón de fusilamiento en 1912 bajo las órdenes de Victoriano Huerta.
Esto último nos demuestra una dualidad villista y, por extensión quizás, la dualidad del macho mexicano (de nuevo, en lo que a la altanería y la rudeza se refieren). Pancho Villa no sólo es un forajido bravucón: en él coexisten un militar brillante y despiadado, y un noble justiciero social. Según Krauze, ésta imagen se materializa a la perfección en sus dos hombres de confianza: Felipe Ángeles, brazo intelectual e ideológico de Villa, y Rodolfo Fierro, apodado “El Carnicero”, verdugo de la División del Norte. En el Centauro del Norte confluyen los anhelos de un hombre que repartía tierras a los pobres, creaba escuelas y apadrinaba niños (se sabe que Villa, además de los hijos que tenía con varias mujeres, gustaba de mantener huérfanos) con los del bandolero autor de diversos homicidios, incendios, secuestros y saqueos.
Una figura tan carismática como la de Villa difícilmente escapa a la creación de mitos. Pensemos por un momento, ¿quién no se encariñaría con un personaje que roba a los ricos para darle todo a los pobres y que además pareciera ser inmortal sobre su caballo? El mito de Villa es efectivo precisamente porque representa el hartazgo de un pueblo, condensado en un hombre “aventado”. Este arrojo lo diferencia del desconfiado y misterioso Zapata (prueba de ello son las cintas de la Mutual Films sobre las campañas de Villa). Además, a la construcción de su mito habría que agregar su ataque al poblado de Columbus, Nuevo México, y la infructuosa Expedición Punitiva que el gobierno estadunidense emprendió para capturarlo. Y por si fuera poco, en 1926 su tumba sería profanada y su cráneo robado. En definitiva un hombre como Villa no podría tener un final común y corriente; eso no está destinado a los héroes.
Sobre la vida de Pancho Villa: http://tvolucion.esmas.com/bicentenario/clio-bicentenario/072227/clio-bicentenario-francisco-villa
martes, 26 de octubre de 2010
Denise Dresser: What's wrong with Mexico?
El link en cuestión: http://www.youtube.com/watch?v=56Vlw_IunCY&feature=related
lunes, 25 de octubre de 2010
Iturbide, de héroe a traidor
Pocos personajes de nuestra Historia han caído en un desprestigio tan grande como Agustín de Iturbide. Quizá, el infortunio que le corresponde en la memoria histórica de nuestro pueblo sólo sea equiparable a los sufridos por figuras como Hernán Cortés, Antonio López de Santa Anna y Porfirio Díaz.
Ilustre militar realista, Iturbide combatió con fervor a los ejércitos insurgentes, al punto que el virrey Apodaca le encomienda la tarea que definiría su futuro y el de la Nueva España: es nombrado jefe del Ejército del Sur que tenía como misión derrotar a las guerrillas de Vicente Guerrero.
Ante la incapacidad de derrotar a Guerrero (debido al amplio conocimiento que tenía éste de los territorios del sur), Iturbide entendió lo que ningún insurgente en ese momento: la situación del país era muy diferente a la del estallido propiciado por el cura Hidalgo diez años atrás, por lo que si se quería la consumación de la Independencia, había que replantear la estrategia a seguir. En general, la Nueva España era víctima de un agotamiento producido por una guerra que parecía no tener fin y de la cual sólo quedaban las guerrillas de Guerrero (recordemos que Guadalupe Victoria permanecía oculto en la selva de Veracruz); además, los españoles peninsulares buscaban evitar la aplicación de la Constitución de Cádiz, de corte liberal, por lo que la opción de un gobierno autónomo no sonaba tan descabellada como años atrás.
La solución de Iturbide derivó en el conocido abrazo de Acatempan (cuestionado por el historiador Lucas Alamán) entre éste y Guerrero, y la adhesión de ambas facciones al Plan de Iguala. Dicho Plan “proclamaba la Independencia, declaraba a la católica como única religión de estado, establecía que ‘el clero secular y regular será conservado con en todos sus fueros y preeminencias’, y pedía que los europeos, criollos e indios se unieran en una sola nación. Como régimen del nuevo ‘imperio’ mantenía la monarquía. Habría de invitarse al propio Fernando VII a ceñir la corona o, en su defecto, otro miembro de una casa reinante. Mientras, una Junta de Regencia asumiría el poder” (Villoro, 2000).
El plan de Iturbide logró unificar a la incipiente nación en un proyecto bajo las Tres Garantías de “Religión, Independencia y Unión”. A partir de la consumación de la Independencia, acaecida el 23 de septiembre de 1821, la fama y el prestigio de Iturbide se dispararían, elevándolo al grado de héroe de la Patria; de hecho, su figura se equipararía con la de héroes clásicos y bíblicos, presentado como un “nuevo Moisés” por el pueblo. A pesar de la proclama popular, el movimiento encabezado por Iturbide poco tiene que ver con el desatado por Hidalgo y Morelos años atrás. A diferencia del de estos últimos, de carácter más popular, la consumación de la independencia tiene el apoyo de la oligarquía criolla.
Al consumarse la Independencia, Iturbide tomaría la presidencia de la Regencia y el 24 de febrero de 1822 instauraría el Congreso Constituyente, al cual se le otorgaría la facultad de que en él residía la soberanía de la Nación. Posteriormente, el 18 de mayo de 1822 Iturbide sería aclamado emperador, a pesar de su negativa. El Congreso, amenazado por el pueblo, ratificaría dicha decisión y Agustín I sería coronado el 21 de mayo del mismo año.
Al ascender Iturbide al trono, los conflictos con el Congreso se exacerbarían. Los viejos revolucionarios fueron olvidados y el Congreso se mostraba desidioso ante las urgentes reformas que necesitaba un país sumido en una severa crisis financiera. Dicha crisis, sumada a la fuga de capitales y las conspiraciones de las logias masónicas, orillarían a Iturbide a abdicar el trono. Antonio López de Santa Anna se subleva en su contra, uniéndosele los antiguos revolucionarios Victoria, Guerrero y Bravo, e Iturbide, temiendo el estallido de una guerra civil, se exilia en la Villa Fournier, Italia.
Perseguido por los gobiernos borbónicos y con el rumor de que la Santa Alianza planeaba reconquistar la Nueva España, Iturbide se traslada a Inglaterra, para después zarpar a México, buscando poner su espada al servicio de la Independencia. Sin embargo, dos semanas antes el Congreso proclamaría un edicto sumamente injusto, del cual no tuvo noticia a tiempo: Iturbide era declarado traidor y enemigo público del Estado, y sería fusilado si ponía un pie en México, cosa que sucedió el 14 de julio de 1824, cuando desembarcó en Soto la Marina, Tamaulipas. El 19 de julio de 1824 el Congreso local de Tamaulipas lo sentenciaría a muerte sin juicio previo ni abogado alguno. En sus últimas palabras, pidió que su nombre no fuese un sinónimo de traidor ante los ojos de la Historia.
El otrora héroe de la Independencia fue víctima de una seria campaña de descrédito por parte del Congreso y los historiadores liberales. De hecho, se declaró que el día de la Independencia sería el 16 de septiembre, no el 23. Además, se eliminó su nombre de la lista de los insurgentes que sirvieron a la Patria (posteriormente, en 1943, de una estrofa del Himno Nacional), fue suprimida la corona del escudo nacional, y el papel moneda que incluía su nombre fue puesto fuera de circulación. Por si fuera poco, las letras de oro con su nombre que figuraban en uno de los muros de la Cámara de Diputados fueron removidas en 1921, lo que prueba el severo juicio que tuvo el país con uno de sus libertadores.
En este Bicentenario habría que reconsiderar la figura y obra de un hombre, que si bien fue mal gobernante, como lo fueron muchos de los libertadores americanos, no merecía ni la muerte que tuvo, ni el posterior castigo de la Historia.
Villoro, L. (2000). La revolución de independencia en Historia General de México. México, DF: El Colegio de México.
Para saber más al respecto: http://www.cliotv.com/index.php?go=programas_uno&id_coleccion=0&id_programa=281&idioma=esp
Imagen tomada de: http://www.voyagesphotosmanu.com/Complet/images/augustin_iturbide.jpg
lunes, 18 de octubre de 2010
"Ahí me taggeas"
domingo, 17 de octubre de 2010
"Amor es un algo sin nombre"

jueves, 14 de octubre de 2010
RH Factor
miércoles, 13 de octubre de 2010
Realidades entrecruzadas
En la última década, los reality shows han invadido los espacios televisivos, reconfigurando la manera en que vemos televisión y el cómo reaccionamos ante lo que se nos presenta. Cualquiera que tenga acceso a un aparato televisivo sabe a lo que me refiero: concursos de talento, expediciones, confinamientos de personas, e incluso, llevando la realidad (siempre cuestionable) al extremo, series que versan sobre la patética cotidianidad humana*.
La difusión global de este tipo de shows, que tienen su escenario en las sociedades de masas, nos permiten cuestionar las realidades culturales de los distintos países en los que se producen y/o transmiten. En otras palabras, la relación de la cultura con el territorio social y geográfico.
Esta reflexión parte (y se alimenta) de un video* presentado por TED (Technology, Entertaiment, Design), el cual muestra cómo se replantean las relaciones entre lo global y lo local dentro del marco de los reality shows que se presentan en el mundo árabe y en Afganistán, particularmente el caso de Million’s Poet y Afghan Star.
Lo que destaca en éstas versiones es la insuficiencia de los antagonismos global/local, imperialismo/culturas nacionales populares, utilizados para entender la cultura en la globalización. En vez de rechazar tajantemente la influencia occidental, o de adoptarla y reproducirla de manera irrestricta, se observa una adecuación del modelo de los realities para difundir, con tremendo éxito, lo local. De esta manera, siguiendo a Canclini en su Culturas Híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad, “se cuestiona la asociación ´natural´ de lo popular con lo nacional y la oposición igualmente apriorística con lo internacional”. Como señala el video, el fenómeno es opuesto a la Americanización, reafirmando y redescubriendo lo local mediante un formato extranjero.
Además, los reality shows están volviéndose un medio de participación ciudadana que, aunque con ciertas limitantes, genera una especie de democratización (resulta peculiar el caso de las mujeres participantes). La gente se aglutina para verlos y para formar parte de ellos.
Ejemplos como éste nos permiten cuestionarnos sobre las ventajas y desventajas de la globalización, además de los límites de los modelos que tratan de explicarla.
*El link en cuestión:
http://www.youtube.com/watch?v=8mPpe8AL2
1A
*(Habría que preguntarse si el título de series podría aplicarse a muchos de ellos, en los que difícilmente hay una continuidad entre episodios, los cuales se alejan de una narrativa establecida).