Ayer hablábamos de cómo el fútbol puede ser visto por el espectador como un escape o distracción de la realidad. Al trasladar el centro de la acción del espectador al futbolista, tenemos otra variante de las posibilidades o los alcances del fútbol: el balón como llave para acceder a un futuro que se muestra poco prometedor.
Acorde a Monsivásis en Aires de familia, el fútbol llega a ser "la oportunidad única de encumbrarse y Ser Alguien". Este Ser Alguien se materializa en las estrellas (al estilo de Hollywood), en los grandes héroes, los romperredes que "representan los modelos perfectos del ascenso, de la maestría que no requiere de riqueza previa, del abrirse paso como si todo fuese una cancha". Historias como las de Maradona o Cuauhtémoc Blanco (sin afán de comparar), quienes se abren camino desde las condiciones más paupérrimas hasta la cúspide de los anhelos populares, poseen un denominador común: un verdadero héroe del fútbol, además de talento, necesita identificarse con el Pueblo, con esa masa que sigue día a día sus proezas y canta a todo pulmón sus himnos. De otra forma, serás un crack, pero jamás el ídolo de multitudes.
Y es que el Pueblo ve en ellos a los que "si la hicieron", que le "pegaron a la grande"; hombres para los que el juego, más allá de una muy redituable profesión, sigue siendo la entrañable cascarita. Para aquellos que presenciamos el juego, los ídolos son quienes, como dicen los cronistas deportivos, aprovecharon la única que tuvieron.
Si se va a comparar a Maradona con alguien, debería ser con H. Sanchéz y no con Blanco.
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